lunes, 7 de diciembre de 2015

Un cuerpo yace en la cama, aquel que le prometió una pequeña muerte en el descontrol de la noche se le fue de las manos, su belleza lo volvió loco y en la pérdida de cordura ahora se perdía en la vasta casa en busca de preparar el banquete. Ponía servicios y servilletas en la mesa, ponía sus más finos platos, sus más caras copas, porque hoy iba a comer los más tiernos intestinos acompañados de aquellos ojos que tanto adoraba.

Era feliz pues ya no debía soportar los nauseabundos platos y postres que los humanos adoraban comer en compañía. No entendía por qué gastaban su dinero cuando no hay nada más adorable que mutilarse en saturnal, devorando unos a otros. 

La mujer esperaba en las cubiertas teñida de un rojo pútrido, su expresión pálida y boquiabierta no cedía en encanto, su cuerpo semidesnudo iluminado por la única lámpara encendida en la casa se endurecía con el paso del tiempo y aquel calor antes siempre presente se desvanecía en el nombre de su asesino. 



Tomó el cadáver y torpemente lo transportó a su larga mesa, y con sus largas garras olvidó cada una de las preparaciones que había hecho con gran esmero, sumergiéndolas en el estómago en el frenesí que despertaba su hambre, y tomando así puñados y puñados de vísceras y engulléndolas con antojo. No había comido hace tanto, tanto y hoy se desquitaba.

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