Es un día más y deseo que la noche caiga sin lamentos.
Inconcebible, mis ojos cansados me empujan en el tobogán de la ilusión desilusionadora, en donde la belleza no es nada más que equilibrios y composiciones perfectas, inalcanzables por la mente humana. Mis manos caen rendidas ante la emocionante situación que es dar cuenta de tu inutilidad.
Y es así como las múltiples estrellas me hacen rotar ante la idea de mis podridos trapos de cuerpo y sus desgraciados movimientos, de la poca musicalidad que queda viva dentro de tal perdido ser, única salvación para quién no tiene como frenar. El tobogán es una infinita metáfora de la infernal vida que un personaje gris y opaco lleva, siendo un peso muerto en una sociedad llena de reglas y códigos inútiles como lo es una simple clasificación por tus capacidades cognitivas. Estupidez, ser un idiota es peor que ser un torpe letrado, pero por supuesto que quienes se benefician son las mentes controladoras que tan bien nos guían a la lava de nuestro centro, capital de muerte, capital de la Tierra.
Bienvenido sea a mi vida quien con gusto me salve de mis manos poco pensantes. Hoy en día mi único anhelo es descubrir qué es la luz, el fuego, una esperanza a no dormirme en un viaje que sé que no terminará hasta que vea el otro extremo. Bendito sea el personaje que me consuma en la oscuridad de sus ojos, que alimente el ego de tal rota persona que ha de ser la mía. Que me desencante, que me maldiga con la poca fortuna que es sentir, que es desear.
Y miro mis manos vacías de ideas, de persona, de existencia. Resuelvo a soñar despierto.
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